Por Ricardo León Caraveo en Miércoles, 09 Marzo 2022
Categoría: Articulos

“El Síndrome de Hybris” El aprendizaje social de la corrupción

Ricardo León Caraveo
01 de diciembre 2021
28-marzo-2012
 
Recibía órdenes.
Las acataba por deber de obediencia.
Lamentablemente no tenía alternativa. Nunca pensé en desobedecer.
Mayo/1962 Adolf Eichmann​
Introducción 

¿Por qué el poder transforma a las personas?, ¿es la historia personal la causa?, ¿es el contexto en el que están cuando se ejerce el poder?, ¿es el sistema político que se impone al ser humano?, ¿qué sucede en el interior de los seres humanos que al asumir la titularidad del cargo público cambian?, ¿por qué se transforman con el poder ellos y sus familias?, ¿por qué se corrompen?, ¿por qué destruyen a sus familias esas fuerzas invisibles del poder público?, ¿por qué no se dan cuenta que han aniquilado las cualidades por las que llegaron y aparecieron actitudes insospechadas de arrogancia?, ¿por qué son intolerantes a la crítica y adictos a la lisonja?. 

Marco Teórico 

Un número significativo de los integrantes de la sociedad son analfabetas sociales[1], personalidades atrapadas en emociones destructivas y autodestructivas, y desconexión moral severa[2]. En el ascenso al poder, el sistema los despoja de su humanidad, para hacer de ellos seres ajustados a disciplinas o "reglas no escritas de la política", son obedientes irracionales y por lo tanto humanamente disfuncionales. El cerebro no busca la verdad sino sobrevivir y el ascenso tiene el costo de la deshumanización, por eso algunos funcionarios públicos buscan conservar el empleo, pero no contribuir con su trabajo a una administración pública eficiente. António Damásio, sostiene que los circuitos de razonamientos y emociones son lo mismo, pero con sinapsis diferentes, lo correcto es "siento luego existo" y estar conscientes que el racionalismo descansa sobre emociones funcionales o disfuncionales. En ocasiones cuando hablamos en nombre de la objetividad, realmente lo hacemos desde el pedestal de la arrogancia, de acreditar una aspiración de ser más que otros en razón de un cargo público, el dinero o un apellido. "Yo soy más que tú". Un racionalismo carente de emociones es una desconexión emocional de nuestra calidad de seres humanos y la posibilidad de identificarse con los otros. Por medio de la obediencia cualquier persona puede llegar a padecer lo anterior.

Hannah Arendt decía que debemos aspirar a una ética basada en la razón porque el mal es la ausencia de pensamiento, esta aseveración es similar al pensamiento de Dan Ariely, la primera desde la filosofía y el segundo desde la psicología. Desde una perspectiva filosófica de Arendt, un razonamiento contra los seres humanos es la ausencia de pensamiento. Dan Ariely, (estudioso de la mentira), acredita en sus investigaciones que la corrupción es irracional. La irracionalidad, desconexión moral e indiferencia a los sentimientos, síntomas de los políticos mareados por el ejercicio del poder y a esto se le conoce como Síndrome de Hybris.

Las neurociencias concluyen: el ascenso al poder genera cambios psicológicos y neurológicos en todo ser humano al asumir un rol de autoridad y da las bases cerebrales del poder, la personalidad del líder, la actitud del ciudadano y otros temas similares, es lo que se denomina: neuropolítica (Neuropolítica, 2008). La corteza cerebral cambia por la sinapsis ante diferentes estímulos sensoriales, provocando razonamientos y sentimientos diferentes. El cerebro es moldeado por las sensaciones, sentimientos y emociones.

En nombre de la política, indebidamente, se justifican como normales conductas que realmente son trastornos psicológicos o neurológicos, algunas tienen solución con terapias o tratamientos químicos, sin embargo, hay otras congénitas; las primeras están supeditadas a la motivación y las segundas a la naturaleza del ser humano específico. Cualquier elector, en el desempeño público o privado, familiar o profesional, debe para una adecuada "toma de decisiones", integrar en sus alternativas el factor de la naturaleza humana. 

El poder público puede ser un detonante de padecimientos mentales, definido como "Síndrome de Hybris", por David Owen, en el libro "En el Poder y en la Enfermedad"; es decir, la desmesura del titular del poder público. David E. Cooper, refiere al respecto: "exceso de confianza en uno mismo, una actitud de mandar a freír espárragos a la autoridad y rechazar de entrada adversidades y consejos, tomándose a uno mismo como modelo" (Owen, 2009). El ascenso al poder público en México fue durante décadas aprendizaje sustentado en corromper por medio de fraudes, mentiras y otros antivalores convirtiéndose en una pedagogía política de la irracionalidad. 

Anthony Downs, identifica leyes en la burocracia, destacando la lealtad autocomplaciente, aquélla que proviene del beneficio entre obedecer incondicionalmente a cambio de tener un trabajo o un beneficio. Sostiene que las tomas de decisiones en la burocracia están motivadas por su propio interés. ¿Existe la objetividad? El sistema político mexicano en la época de estado hegemónico enfermaba a los integrantes de la clase política como requisito de "normalidad" para el ascenso. En política es útil integrar equipos colaborativos basados en pensamiento crítico y la toma de decisiones, debe ser consecuencia de una reflexión grupal sustentada, como desde las Políticas Públicas es sugerido y el ejemplo es la Crisis de los Misiles en Cuba de octubre de 1962, iniciándose la Guerra Fría pero no una guerra nuclear. 

El reclutamiento basado en la obediencia y en disciplina de partido, donde abdica la dignidad, es un proceso de aprendizaje de las irracionalidades político partidistas que transitarán fatalmente a Gobiernos carentes de responsabilidad y cargados de impunidad. El ciudadano usa la expresión: "todos son iguales", como lamento y resignación ante el fenómeno de una partidocracia enferma. La obediencia ciega, deshumaniza. La contraposición a la obediencia y disciplina ciega es el trabajo en equipo y colaborativo, usando metodología y técnicas grupales de "alto desempeño". 

No existe justificación para que la mayoría adopte y/u obedezca esas actitudes o sentencias estando en el servicio público, por el contrario, son agresiones a la libertad de conciencia e intelectual. 

Ser jefe no es sinónimo de ser omnisapiente o infalible, el cargo no dota de iluminación o capacidad intelectual, por el contrario, es responsabilidad a la que debe responderse con madurez emocional y pensamiento crítico. Nuestros colaboradores deben ser tratados respetando sus derechos humanos, dominancias cerebrales y estructuras mentales. Hay quienes consideran –parafraseando a Gabriel Zaid- imbatible, incontenible e inextinguible la deshonestidad. Para estos políticos no vale la pena combatir la corrupción hay que aceptarla, es cultura y descansa en todos. Este argumento es premisa del estado fallido. 

Existe un culto a la corrupción, motivado por los beneficios económicos que permiten niveles de vida inimaginables. En un desarrollo profesional honesto, el nivel de vida depende del esfuerzo, capacidad y voluntad. 

La deshonestidad tiene como uno de sus elementos esenciales a la irracionalidad; así que el primer paso civilizatorio debe ser fomentar la honestidad, rendición de cuentas y la transparencia. Gobierno que no establece acciones directas y auténticas contra la corrupción, es un sistema irracional del poder público, carente de legitimidad en procesos y resultados, aunque su ascenso cumpla con legitimidad y legalidad electoral de origen. 

Donde existe corrupción hay ineficiencia e ineficacia administrativa, que lleva inseguridad, obra pública deficiente, servicios de salud precarios, sectores improductivos o productivos oligárquicos; es la entraña de un estado fallido o frágil; con una permanente deficiencia en el cumplimiento del bien público temporal. El bienestar social es uno de los fines del Estado porque lo cohesiona, pero ha sido incumplido generacional y sistemáticamente. 

La administración pública con sus ambigüedades normativas que han prevalecido por sexenios y décadas, obligan a los recursos humanos de nuevo ingreso al desarrollo de habilidades y competencias que permiten la corrupción, y hacen de la permanencia en el servicio público una moneda de cambio: tolerar y participar obedientemente en la corrupción a cambio del empleo. Los burócratas frecuentemente repiten: "no soy culpable, solo recibía órdenes". 

Seres humanos cultos e inteligentes, de los que esperaríamos gala de integridad, inexplicablemente sucumben ante el poderoso del momento, por conveniencia o por miedo, aceptan trato indigno y son incapaces de defenderse. Cuando socialmente impera la corrupción, posee como factor determinante de permanencia las conductas sociales aprendidas, el desarrollo de las estructuras mentales de los seres humanos es moldeado por el sistema en el que se encuentra, con poderosos estímulos laborales y familiares, también sistemas educativos deliberadamente debilitados para ser instrumentos de reclutamiento obligando a la corrupción. 

La irracionalidad es sistémica porque de ella depende su permanencia. Una sociedad corrupta es esclava y útil para esclavizar, es como dijo Simón Bolívar en la Carta de Jamaica: … "el alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la libertad". En una sociedad atrapada en la corrupción, es intrascendente el saber, porque las habilidades intelectuales son sustituidas por la genuflexión del cuerpo, la mente y el espíritu. No es la idea justificar la personalidad del político que embriagado por el poder comete excesos, sino evidenciar la existencia de una sociedad atrapada en la corrupción por deficiencias estructurales, sistémicas y necesitada de cambios estructurales para procurarse un mejor futuro. Un sistema político corrupto no es agente de cambios, por lo que es impensable la esperanza de un mejor futuro. 

El contexto para que suceda es la poca madurez psicológica en una personalidad esquizoide (es decir, con un mundo interior sobredimensionado y una afectividad anómala). Si a ello le añadimos escasa formación cultural, una preparación humana frágil y circunstancias adversas podemos ver a políticos en esta situación, prácticamente, rozando el esperpento (Forneiro). La neurociencia parece un paliativo para depurar a la clase política corrupta y corruptora que tanto daño ha ocasionado a la sociedad posmoderna y retrasa la transmodernidad. Imaginemos acostados en un poderoso aparato de resonancia magnética -con un cuestionario de juicios morales alternos- a los presidentes y gobernadores de la era del partido hegemónico sustentando tesis de democracia, honestidad, cambio social responsable y moralidad. ¿Dirán la verdad? ¿Tendrán lesión cerebral? (Caraveo, 2010). 

Las características del Síndrome de Hybris o Hibris (Owen, 2009) son: 

1. Inclinación narcisista a ver el mundo, primordialmente como un escenario en el que pueden ejercer su poder y buscar la gloria, en vez de un lugar con problemas que requieren un planteamiento pragmático y no autorreferencial; 
2. Predisposición a realizar acciones que tengan probabilidades de situarlos a una luz favorable, es decir, de dar una buena imagen de ellos; 
3. Preocupación desproporcionada por la imagen y la presentación; 
4. Forma mesiánica de hablar de lo que están haciendo y tendencia a la exaltación;
5. Identificación de sí mismo con el Estado hasta el punto de considerar idénticos los intereses y perspectivas de ambos;
6. Tendencia a hablar de sí mismo en tercera persona o utilizar el mayestático nosotros;
7. Excesiva confianza en su propio juicio y desprecio del consejo y la crítica ajenos; 
8. Exagerada creencia –rayando en un sentimiento omnipotencia- en lo que pueden conseguir personalmente; 
9. Creencia de ser responsable no ante el tribunal terrenal de sus colegas o de la opinión pública, sino ante un tribunal mucho más alto: la Historia o Dios; 
10. Creencia inamovible de que en ese tribunal serán justificados; 
11. Inquietud, irreflexión e impulsividad; 
12. Pérdida de contacto con la realidad, a menos unida a un progresivo aislamiento; 
13. Tendencia a permitir que su "visión amplia", en especial su convicción por la rectitud moral de una línea de actuación, haga innecesario considerar otros aspectos de ésta; tales como su viabilidad, coste y la posibilidad de obtener resultados no deseados; una obstinada negativa a cambiar de rumbo; 
14. Un tipo de incompetencia para ejecutar una política que podría denominarse incompetencia propia de la hybris. Es aquí donde se tuercen las cosas, precisamente porque el exceso de confianza ha llevado al líder a no tomarse la molestia de preocuparse por los aspectos prácticos de una directriz política. Puede darse una falta de atención al detalle, aliada quizá a una naturaleza negligente.

Hay que distinguir la incompetencia de Hybris y de la común en el trabajo necesariamente detallado, que implican cuestiones complejas, pero cometiendo errores en la toma de decisiones (Owen, 2009).

Además, la acción política está en el contexto de la psicología social y organizacional, por lo que el "pensamiento grupal" forma parte de su esencia, como lo podemos inferir de sus características (Díez, 2011): 

1. La armonía en el grupo es consecuencia de evitar argumentos o cuestionamientos desagradables a sus integrantes; 
2. El interés por evitar los conflictos y las disputas es tan grande que el grupo pierde contacto con la realidad; 
3. Esto sucede cuando están aislados de grupos con opiniones contrarias y tienen líderes o dirigentes muy directivos-coercitivos que dejan claro cuáles son sus preferencias o deseos personales. El pensamiento grupal es la denominación de un fenómeno errático en la toma de decisiones colectivas militares, científicas, políticas y de seguridad nacional. Con esta exposición es claro que los seres humanos y los grupos, en ciertos contextos, tienen un alto grado de tener resultados fatales o erráticos. Enferma el ser humano en el ejercicio del poder, pero también las camarillas, los "equipos políticos", los gabinetes y los comités de dirección política. El pensamiento grupal es un contexto muy propicio para que surja el "Síndrome de Hybris o Hibris", también denominado por analogía "El Síndrome de la Monclova"[3]. Los psicólogos coinciden en señalar que los rasgos dominantes de personalidad se manifiestan a los 18 años, por lo que es importante conocer la juventud de esos que aspiran a los cargos públicos como la Presidencia de la República. 

Síndrome de Plaza de Armas

En Tabasco sugiero denominarlo: "Síndrome de Plaza de Armas" e incluir a los titulares de los tres poderes públicos locales, entiéndase: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. "Síndrome de Plaza de Armas" porque los recintos oficiales están en la Plaza de Armas de la ciudad de Villahermosa. Los gobernadores, enferman de poder, pero también los diputados y los integrantes del Poder Judicial, son innumerables los trascendidos y anécdotas específicas de funcionarios que exigen especiales desde sus egos. La clase política, tiene un acuerdo implícito de impunidad a pesar de acreditadas corrupciones. 

Enfermos de Poder 

El alcoholismo, la promiscuidad sexual, la drogadicción y las conductas maníaco depresivas, son particularidades que, en ocasiones, acompañan al "Síndrome del Hybris" dependiendo de la personalidad. Observemos detenidamente nuestro entorno: gobernantes estatales y federales, congresistas estatales y federales o funcionarios municipales. Analicemos a los dirigentes de los partidos políticos en los que militamos o simplemente con nuestra condición de ciudadanos, desentrañemos la naturaleza humana de la clase política tratando de responder: ¿Sanos o enfermos? El enfermo no se hace en el poder público, proviene de una historia personal donde prevalece: mezquindad, disfuncionalidad, ausencia de afectos, nula inteligencia emocional y social. En específico los "compra-voto" son anti-demócratas, entrañan también emociones enfermas individual y grupalmente. La administración pública federal, estatal y municipal tiene una copiosa representación de "Síndrome de Hybris" (menos mal que no es viral) y pensamiento grupal. La falta de mesura en el ejercicio del poder público o "Síndrome de Hybris" tiene consecuencias: el nepotismo, el amiguismo y el influyentísmo., estas prácticas son propias de quien padece lo que también se denomina coloquialmente "borrachera del poder". 

Conclusiones 

1. Ejercer el poder genera cambios neurológicos derivado de la dieta sensorial de los ambientes de infraestructura e interacción, además de los provenientes de la inmadurez o madurez emocional, 
2. La formación profesional no es garantía de que el poder no enferme a los seres humanos, por el contrario, puede ser un detonador, 
3. La corrupción es causa y efecto del Síndrome de Hybris, porque ambos están basados en la irracionalidad, 
4. La mentira como corrupción o efecto de una inadecuada percepción de la realidad robustecen el Síndrome de Hybris, 
5. El desarrollo de las habilidades y competencias del pensamiento crítico en las burocracias de la posmodernidad contrarrestan el Síndrome de Hybris,
6. La corrupción es un medio de esclavizar a las sociedades posmodernas por parte de los factores reales de poder, 
7. El escaso trabajo, ha desvirtuado este derecho al grado de convertirlo en una permuta de la dignidad y los derechos humanos laborales, 
8. La escasez del trabajo, ha ocasionado que la permanencia en estos sea condicionada al "silencio ante la corrupción" y a la "obediencia ciega" cohesionando al sector público como sistema cruel, violatorio de derechos humanos, ineficiente y corruptor.

 Fuentes bibliográficasReferencia Bibliográfica 

Caraveo, R. L. (18 de julio de 2010). http://ricardoleoncaraveo.blogspot.mx. http://ricardoleoncaraveo.blogspot.mx/2010/06/la-lesion-cerebral-de-maquiavelo.html 

Díez, F. (2011). http://paginaspersonales.deusto.es. 

 Forneiro, J. C. (s.f.). http://www.josecabreraforneiro.es. 

 Owen, D. (2009). En el Poder y en la enfermedad. Madrid, España: Siruela. 

 [1] Analfabetas sociales, lo uso como el antónimo de inteligencia social. 

 [2] En relación al concepto de Analfabetas Sociales, hace algunos años escribí: http://ricardoleoncaraveo.blogspot.mx/2010/06/analfabetas-sociales.html 

 [3] http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/politica/sindrome-moncloa-enfermedad-politica-lospresidentes-del-gobierno-20110129



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