Ricardo León Caraveo
27 de febrero de 2011
Lo que permite la permanencia del PRI en el poder público en Tabasco no es la eficacia de sus gobiernos, sino lo asertivo de la "culturización", consecuencia de los diferentes grados de dominación.
La clase política tiene periferias, y en su núcleo decide cuáles de sus integrantes estarán en posiciones de mando para controlar a las capas sociales más bajas. La popularidad no nace de estratos sociales de abajo hacia arriba, sino de arriba hacia abajo.
Andrés Manuel López Obrador, un líder social controvertido para muchos, incongruente y contradictorio, hizo raíz cuando la clase gobernante decidió incrustarlo dentro del sistema atendiendo los asuntos indígenas. De arriba hacia abajo, logró penetrar en lo más recóndito del tejido social y levantar simpatías irrenunciables. El acérrimo enemigo de los priistas tabasqueños militó en el PRI más por un fenómeno de culturización que de convicciones, eran las épocas de estado hegemónico; no obstante, se convertiría en el dirigente opositor más importante de la historia contemporánea.
La llamada maquinaria electoral del PRI, como le dice el lenguaje común del ciudadano, no es otra cosa que un entramado de mandos verticales, sustentado en componendas, donde prevalece la complicidad y no la capacidad.
El sistema es antropófago, su funcionalidad política depende de su ineficacia administrativa, haciendo del Estado una enorme proveeduría a corto plazo, pero sin propuestas a largo plazo. Pretender un cambio es luchar contra una serie de vivencias, experiencias, ideas, creencias y prácticas justificadoras de sus acciones. Se justifica por qué actuó así, pero no se reflexiona el por qué en uno u otro sentido.
La subcultura priista dentro de la cultura mexicana, durante décadas se rindió culto a sí mismo, por ejemplo: Villahermosa tiene dos estatuas de Carlos Madrazo y una de Salvador Neme Castillo, desdeñando a personas de la talla de Andrés Iduarte, Félix Fulgencio Palavicini o Rafael Martínez de Escobar.
Madrazo y Neme tienen estatuas, no por un reconocimiento público, sino por un fenómeno de fuerza política circunstancial. Fue el neomadracismo el que derribó en 1992 a Salvador Neme.
Las generaciones que hemos vivido en ciudades, municipios y estados gobernados por el PRI, estamos "culturizados" por esa mole1. El incremento de los niveles educativos en la población permite liberarse del PRI, y la simulación intelectual lo fortalece. No es raro que los Estados que han tenido alternancia política tengan mejores perspectivas económicas.
El PRI no es oposición, por el contrario, es cogobierno federal parlamentario; por ello, no están eximidos de responsabilidades. La constante de los gobiernos estatales priistas es hacer a los gobernadores el epicentro político, debilitando los Congresos estatales y del sistema de partidos en detrimento, y aletargamiento del desarrollo democrático.
La fuerza de votos es necesaria para impulsar el cambio político. La apatía da vida al tricolor y anula el voto, no da un mensaje; por el contrario, es fortalecer los esquemas de impunidad y freno democrático que son el espacio de permanencia del PRI.
El rumbo correcto del voto es no otorgárselo al PRI, el sentido debe ser preferir hombres sobre partidos y partidos sobre caudillismo. A más de ochenta años de permanencia debemos comprender que la fuerza del PRI está en nuestras creencias, en la subcultura fomentada por y desde los grupos de dominación (Weber). El poder es una idea que toma fuerza en la colectividad y, al cambiarla, la mayoría del sistema tiene posibilidades de crecimiento social, político y económico.
1 "El ogro filantrópico", Octavio Paz.